Un golpe desde arriba tras un colapso desde abajo

 

 

[Original in English here.]

 

Por Federico Fuentes

 

12 de octubre, 2016 — Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos — Menos de dos años después de que la candidata del Partido de los Trabajadores (PT) Dilma Rousseff fuera reelegida presidenta de Brasil, el senado brasileño la destituyó.

 

La derecha brasileña, que controla el Senado brasileño, llevó a cabo un golpe constitucional. Al hacerlo dejó claro su desprecio por la democracia.

 

Dilma no cometió ningún crimen y menos uno que pudiera haber provocado un proceso de destitución. Sin embargo, muchos senadores, acusados ellos mismos de corrupción, votaron a favor de su proceso de destitución y de su destitución. Con ello los votos de estos 61 senadores en su mayoría hombres blancos mayores invalidaron los emitidos por más de 50 millones de brasileños, en su mayoría jóvenes, negros y mujeres, que votaron por Dilma, como se la conoce en Brasil.

 

Con todo, la pregunta sigue siendo, ¿cómo un partido de izquierda reconocido internacionalmente como el PT se encontró, después de cuatro victorias electorales presidenciales sucesivas, luchando contra acusaciones de corrupción en el Parlamento y haciendo frente a enormes protestas en las calles?

 

Para entender el golpe hay que analizar la campaña contra del gobierno de Dilma emprendida por la clase capitalista de Brasil y el proceso de desmovilización de la base de apoyo del PT.

 

Un desafío desde arriba

 

En el plano internacional el gobierno del PT, primero con Luiz Inácio Lula da Silva y después con Dilma, no tuvo miedo a enfrentarse a Washington. En 2005 desempeñó un papel fundamental en el rechazo del Acuerdo de Libre Comercio de las Américas que respaldaba Estados Unidos.

 

Pero a diferencia del presidente de Venezuela Hugo Chavez, el PT nunca afirmó estar construyendo un socialismo del siglo XXI en el país, donde sus políticas económicas eran mucho más conservadoras.

 

En un intento de romper con las fracasadas políticas neoliberales de la derecha, el PT trató de llevar al país en una dirección neodesarrollista. Trató de industrializar la economía a través de una mayor planificación, financiación y regulación estatales.

 

El PT también amplió exponencialmente los programas de bienestar social. Estos programas, que se consideraban algo más que una simple manera de reducir la pobreza, contribuyeron a expandir el mercado interno, una tabla de salvación para cualquier proyecto de industrialización.

 

El auge mundial del precio de las materias primas y el fuerte aumento del consumo interno experimentado por Brasil en los años de gobierno de Lula (2002-2008) ayudaron a impulsar el crecimiento económico. La estrategia neodesarrollista del PT también se benefició del apoyo de los sindicatos, de los pobres de las ciudades y de los capitalistas industriales.

 

Con Lula disminuyeron los índices de desigualdad y pobreza: los ingresos del 20 % más pobre crecieron a más velocidad que los del 20 % más privilegiado y 28 millones de brasileños salieron de la pobreza.

 

Sin embargo, al mismo tiempo aumentó todavía más la riqueza del 1 % más rico. Los bancos fueron los mayores beneficiarios. A pesar de que el sector de las finanzas era uno de los críticos más feroces del gobierno del PT, logró unos beneficios récord y recibió un apoyo estatal descomunal en forma de pago de la deuda. Siguiendo un proceso que había comenzado con los gobiernos anteriores, durante el gobierno de Lula las instituciones financieras consolidaron su control de la economía.

 

Este no fue el único obstáculo al que se enfrentó la estrategia del PT. El auge del precio de las materias primas encaminó la inversión hacia la industria primaria a expensas de la fabricación, lo que hizo que la economía mostrara indicios de desindustrialización.

 

Crisis económica

 

Ante las evidentes debilidades en su estrategia y el impacto de la crisis económica mundial que provocó un colapso en los precios de las materias primas, el PT trató de revertir esta situación, para lo que se centró fundamentalmente en los bancos.

 

Los primeros pasos en este sentido se emprendieron en 2011 cuando Dilma anunció que su gobierno iba a tratar de resolver el problema de las tasas de interés de Brasil, que tiene uno de los regímenes de interés a largo plazo más altos del mundo y en el que los prestatarios pagan a los prestamistas entre cinco y veinte veces el costo del dinero.

 

Además de recortar las tasas de interés, el gobierno afirmó que reduciría los precios del sector eléctrico, aumentaría los aranceles, implementaría nuevos controles sobre el capital, devaluaría la moneda local y emprendería un nuevo plan de industrialización encabezado por el banco estatal de desarrollo.

 

En un primer momento los industriales de Brasil saludaron públicamente con entusiasmo estos pasos ya que, sobre el papel, muchos de ellos beneficiaron directamente a este sector. Sin embargo, no mucho tiempo después rompieron con el PT para unirse al sector financiero en la campaña para destituir a Dilma. Los capitalistas industriales se unieron a las protestas contra el gobierno que empezaron en 2013.

 

La enorme confluencia de intereses de clase entre los industriales y el capital financiero explica en gran medida la ruptura de la alianza del PT con los industriales.

 

Para empezar, los años de altos beneficios en el sector financiero significaban que muchos industriales habían empezado a invertir en el sector. Además, la clase capitalista en su conjunto sentía los efectos de la disminución del crecimiento económico que hizo que Brasil entrara en recesión en 2014, la caída de los márgenes de beneficio y el aumento de la inflación. Para los capitalista la manera de salir de la crisis no era un mayor control del capital y más inversión, sino una nueva oleada de privatizaciones de bienes públicos y de servicios sociales.

 

Igual de importante fue un aumento de la lucha de clases. En 2012 la cantidad de huelgas en Brasil llegó a 873 en 2012 y a más de 2000 en 2013.

 

Todos estos factores juntos contribuyeron a fortalecer la solidaridad entre clases en contra del gobierno del PT.

 

Un colapso desde abajo

 

Ante a una ardua batalla para ganar la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de 2014 Dilma adoptó un discurso cada vez más de izquierda. La ex guerrillera y presa política declaró que votar a su oponente era votar por la austeridad y el neoliberalismo. Su discurso antineoliberal fue fundamental para obtener un impulso de última hora que le hizo ganar las elecciones.

 

Sin embargo, a los pocos días Dilma afirmó que su gobierno implementaría alguna de las medidas de austeridad a las que ella se había opuesto durante la campaña. El PT esperaba que esta medida le devolvería el apoyo de un sector de la clase capitalista. Pero la derecha empezó a conspirar la destitución de Dilma al percibir debilidad.

 

El problema al que se enfrentaba el PT era que, aunque había ganado las elecciones, había perdido su capacidad para movilizar a la calle, que era de donde el partido tenía sus orígenes.

 

El PT surgió en la década de 1980 como un partido obrero socialista de masas, forjado en las luchas sindicales y contra la dictadura. Su crecimiento a lo largo de las dos décadas siguientes se debió a la capacidad del PT de incorporar al partido a un amplio abanico de sectores de izquierda, populares y obreros, e incluso a segmentos de la clase media. Las estructuras democráticas del PT facilitaron este proceso. El partido estaba basado en células de base de participación local, hacía hincapié en el consenso y en la representación proporcional en los órganos de dirección. Y lo que quizá es más importante, en su condición de partido surgido desde fuera de la clase política, el PT se pudo presentar como una alternativa limpia al deteriorado status quo.

 

Muchas personas, incluidas algunas que nunca habían apoyado a la izquierda, asociaban el PT a una nueva manera de hacer política. Esta imagen se vio fortalecida por los programas que implementó en el ámbito tanto local como estatal, como un presupuesto participativo que implicó a las comunidades locales en la toma de decisiones públicas.

 

Antes de ganar las elecciones presidenciales de 2002 el PT había ido logrando controlar más gobiernos locales y estatales. En Venezuela y Bolivia el gobierno de izquierda había ganado el poder tras unos movimientos de lucha masivos. Sin embargo, la victoria del PT en 2002 fue el resultado de una acumulación de fuerzas y de experiencias en el ámbito institucional.

 

A lo largo de este proceso el PT empezó a moverse lentamente desde sus raíces radicales a convertirse en un partido orientado a las elecciones y al gobierno.

 

El hecho de que el PT llegara al gobierno significó una presión para los movimientos sociales y los sindicatos. El PT argumentaba que la prioridad tenía que ser defender a su gobierno de la derecha, aunque fuera a expensas de la movilización de los movimientos sociales para defender y aumentar sus derechos.

 

Esta lenta transformación del PT provocó que varias corrientes más pequeñas y de izquierda radical abandonaran el PT: primero para mostrar su oposición a las regresivas reformas de la seguridad social en 2004 y después tras un escándalo de corrupción en el que estuvieron implicados varios dirigentes del PT que habían pagado a diputados de la oposición para que votaran a favor de determinados proyectos de ley en 2005.

 

Grandes movilizaciones

 

Con todo, la magnitud de la brecha que había surgido entre el PT y las calles se vio gráficamente en las manifestaciones que empezaron en 2013. Estas manifestaciones pusieron de manifiesto que la oposición al PT no se limitaba a los grandes negocios y las tradicionales clases medias que siempre habían sido hostiles al PT.

 

El motivo inicial de las protestas de junio 2013 (una subida las tarifas del transporte público) en realidad no fue sino el detonante para que la gente empezara a discutir sobre problemas importantes que son comunes a las personas que residen en las grandes ciudades de todo el mundo.

 

El acceso a los servicios social había aumentado de manera espectacular bajo el PT, pero estas movilizaciones se centraron en la baja calidad de estos servicios que experimentaban un estrés extremo.

 

Para resolver estos problemas se necesitaba una inmensa inversión por parte del Estado, lo que solo hubiera sido posible aumentando los impuestos a los ricos o cancelando el pago de la deuda del gobierno, unos pasos que el PT no estaba dispuesto a dar.

 

La naturaleza en buena parte descentralizada y espontánea del movimiento que estalló en 2013 junto a la incapacidad del PT para lidiar con un movimiento que en muchos aspectos luchaba por lo mismo que el PT había defendido anteriormente dejó un gran vacío que la derecha pudo llenar.

 

Los movimientos sociales, como los sindicatos o el Movimiento Sin Tierra (MST), no lograron ponerse a la cabeza, en parte porque muchas personas consideraban que eran demasiado cercanos al PT o incluso lo mismo.

 

El PT perdió gran cantidad de votos frente a los capitalistas debido a que el partido se vio envuelto a diario en nuevos casos de corrupción. Con los movimientos sociales desorientados y desmovilizados, el PT optó por retirarse hacia la derecha, con lo que se desvió de lo que quedaba de su base tradicional.

 

Después de eso parecía que solo era cuestión de tiempo que la derecha tratara de lograr por otros medios lo que no había conseguido hacer por medio de las elecciones: quitar al PT del gobierno.

 

Federico Fuentes es miembro de la Alianza Socialista de Australia y coautor de Latin America’s Turbulent Transitions.

 

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